TRILLEROS
Trillos de piedra
Los días pasan,
Los recuerdos quedan,
Y como historias se cuentan.
Este relato es la vida de una familia trillera descendiente de abuelos criberos y como homenaje a esos buenos recuerdos que tiene Teodora San Atanasio, nos cuenta como pasaron los días desde su niñez. -Dicen que la vida de antes era dura, por el frío, por estar horas y horas trabajando, por no tener tantas comodidades ni tantos alimentos como ahora, pero muchos de su edad a pesar de todo lo malo que había entonces lo echan de menos, Como esas noches que dormían en el carro con la luz de las estrellas y el sonido del río. Eso ocurría a finales de agosto, se desplazaban hasta Tordoma (Burgos) y en las cascajeras del río Arlanza pasaban un mes sacando piedra, desde el amanecer hasta la caída del sol. Su hermano menor y ella recogían, en montones, cantos que valían para el trillo y se las dejaban a los mayores, que con más fuerza y con la piqueta, dieran un golpe quedando esta, con un filo cortante y valida para empedrar. Separaban tanta que incluso se la vendían a otros trilleros. Pero aun lejos del pueblo no les faltaba de nada, gracias a los carteros que en bici se ofrecían a traerles lo que necesitaran y a la vuelta se lo dejaban. Así pasaban los días, a finales de septiembre una vez hecho el trabajo se alquilaba una camioneta que llevaría la piedra hasta Cantalejo, ya que en el carro iban ellos y sus aparejos. Para pasar el invierno, hacían muchos oficios a la vez para que no faltara de comer. Su padre Alejandro era muy activo “un vividor” siempre estaba dispuesto para todo negocio que se le ofreciera. Lo primero era preparar la madera y los cabezales para la fabricación del trillo, pero en el trato de la madera, también compraba para hacer los aros de las cribas, de los ceazos y para taburetes, que con el torno daban forma y así podía vendérselas a los criberos. Otro oficio, era hacer sierras de hierro para otros trilleros, ya que los que ellos hacían eran solo de piedra. Esto no impedía para que en la taberna hablando gacería, entrara al trato de una camioneta llena de naranjas o de pescado u otro alimento y lo comprara, para después venderlo en el portal de la casa o en la plaza. Incluso piaras de cerdos negros que traían caminando desde Salamanca y vendiendo por los pueblos para la matanza. Mientras tanto, apoyadas en las fachadas de las casas, estaban las tablas de los trillos expuestas al sol, para secar. Transcurrido el tiempo necesario se agrupaban las más similares en calidad y dimensiones, se enumeraban y se rayaban señalando en hileras, por donde se tenían que escoplear. Para ello utilizaban el escoplio de aguja, ya que eran los que más hileras tenían y también de los más grandes, al que llaman “siete cuartas”. Una vez que se tenía esto organizado, a primeros de enero, empezaba la época de escoplear. Después de haber cepillado y unido las piezas como fin de la fabricación, se empedraba con piedra negra de Río, pues otros utilizaban la llamada de Pedernal que se cogía en la montaña y era blanca, o la Costera de tierra de Tejares, que era roja. Tanto al escoplear, como al empedrar, originaba en el barrio un sonido que parecía tener ritmo por chocar la madera del mazo sobre el hierro del escoplo o al clavar la piedra introduciéndose en la madrera. Para finales de Abril preparaban el carro y los trillos que habíamos fabricado tanto los empedrados como los que no lo estaban y antes del uno de Mayo, feria en Lerma (Burgos), se trasladaban a Villalmanzo, un pueblecillo a dos Km. Sus padres alquilaban en la posada una habitación con derecho a cocina y una cochera para meter todo el material que traían. Pero las mejores ventas se hacían en el mercado de los miércoles, el resto de la semana se dedicaban a repartirlos, y comerciaban con todo aquel que accediera al trato y cuando quedaba tiempo ya de nuevo en la posada, empedraban encargos que les pedían. Esto lo hacían el padre y los hermanos mayores, ella y su hermano pequeño después del colegio, bajaban a las cascajeras del río en bicicleta y hacían piedra, hasta tres kilos que traía cada uno. Su madre se quedaba en la posada, preparaba la comida, cosía, lavaba la ropa, e iba una vez por semana hacer pan. Estos días no los olvida pues aun con sesenta y ocho años que tiene, sigue juntándose una vez en verano, con las amigas del colegio para pasar todo el día juntas comiendo y merendando. Pero la emoción y los nervios que sentía cuando llegaba agosto y volvía a la fiesta de su pueblo, es una sensación que no he vuelto a sentir. Las carreteras parecían romerías, pues todos volvían alegres de “hacer el verano”. Así pararon los años hasta después de casada y con dos de sus tres hijas, las cuales se sentaban a su lado cuando empedraba y la pedían que con el sonido del martillo se cantara una canción. Mas contando todo esto, la vienen a la memoria tantas anécdotas como para escribir una nueva historia. Y triste me comenta, que ya no se ven labradores trillando, ni trilleros que viajen en sus carros, pero si se le ve al trillo aunque este decorando.
ANA ROSA ZAMARRO
Por Navidad
Un brejé se ha botado,
pero no estoy llorando,
es la choriza de la huerta
la que me está quillando.
Sí....las doce bayortas
de los meses del brejé,
misiremos en el último
momento de este mes.
Entre leyendas y recuerdos
quillaremos la follosa,
más con una sierte filosa
piaremos bayorte de la correosa
Los del vilorio de al lado,
que no falan gacería,
que aterven a los del vilorio sierte,
como minchan y como pían,
sin estar curdos de siertería.
Pues los sinífaros estan atervando
a motardines y motardinas,
que por el atrevido soplen
y con el rodoso por la polvorosa
no se boten.
Al Belén sierte del merche
en la jaima atervaremos,
y con su bendición
villancicos garlearemos.
No olvidemos a los siertes reyes
que atrevidos nos botaran,
sean siertes sean gazos
en la cabalgata llegarán.
Más en la pautra
todos lontaremos y reiremos
atervando al sievo
con sus antiparras,
falar enfadado
al guipar a los pitoches,
como le quillan
del cascoso los mordiosos.
Y si estas en otro vilache lejos,
y oyes la palabra briquero,
el corazón latirá
y entonces te dirá:
ven a tu pautra por Navidad.
ANA ROSA ZAMARRO